Luego de varias vueltas se estacionó frente a un edificio. Su mano seguía sujetando la mía. Estábamos en San Isidro. Se quitó el cinturón, se quedó sentado mirando fijamente la calle. Ya no sujetaba mi mano. Nos quedamos así por varios minutos, su mirada era seria, penetrante, su postura era rígida, parecía un muñeco, una estatua. Rompí el silencio.
-¿Pasa algo?-
Parpadeo y volteo a verme, su mirada cambio, sus tiernos ojos cafés se encontraron con los míos, me dio una sonrisa dulce, se acercó y me besó la mejilla, a veces Guillermo me sacaba de mis esquemas. No dijo nada, bajó del carro, yo baje detrás de él.
-Comamos aquí-
-¿Seguro que no pasa nada?-
-No Emma-
Nunca había visto a Guillermo con esa actitud, no en el poco tiempo que lo conozco. Nos sentamos, pedimos algo ligero, algo que podíamos acabar en minutos. El almuerzo fue en total silencio, sentía que había hecho algo malo, pero no sabía qué era lo suficientemente malo para que tenga esa actitud. Jugaba con la comida, la movía de un lado a otro con el tenedor, tenía la mirada fija en el plato, Guillermo no decía ni una sola palabra, ni me miraba, era como si estuviera almorzando sola. Ya no tenía hambre.
Guillermo termino de comer, siempre en silencio. Me termine la copa de vino, saque de la billetera el dinero del plato, me pare, agarre mis cosas y me dirigí hacia la salida, él no hizo gesto alguno, ni se sorprendió, se quedó sentado, no me miro, me dejó ir.
No voltee a verlo, me quede parada en la puerta del restaurante con la mente en blanco, no sabía que pensar o que sentir, algo le pasaba, quizás no quería que confundiera las cosas, que me involucrara tanto con él, era su manera de decir adiós. No lo sé. Paré un taxi, fui de nuevo a la oficina, prendí la laptop y comencé a escribirle un correo a Guillermo:
“Dime algo, no te quedes callado, te sabré entender, solo dime algo”
Le di en ‘enviar’, me acosté en el asiento, esperaba una respuesta.
El reloj marco las diez de la noche. Laura me despertó.
-Señorita ya me tengo que ir ¿usted se quedará?-
-Sí, un rato más, tengo que acabar una nota-
-Usted y el Señor De Las Casas siempre tan dedicados a su trabajo-
-¿Si? ¿Por qué lo dices?-
-Él también está en su oficina, llegó a las nueve y no ha salido de ahí-
– Guillermo está aquí – pensé. Rápidamente le dije a Laura que me dejara sola, que ya se podía ir, me senté frente al escritorio y revise mi bandeja de entrada. Para mi sorpresa no había nada, ni un solo mensaje de Guillermo. Volví a acostarme en el asiento, estábamos tan cerca ¿Por qué no me responde el mensaje? ¿Lo habrá leído? ¿Qué hace tan tarde aquí? Abrí el segundo cajón del lado derecho del escritorio y saque un Johnnie Walker etiqueta azul, me serví un vaso mientras seguía esperando la respuesta.
La botella ya estaba a la mitad, eran exactamente la una de la mañana, no había respuesta alguna, guarde la botella, apague la laptop y salí de la oficina. La luz de la oficina de Guillermo seguía prendida – ¿Seguirá ahí? – me acerque despacio, puse sigilosamente mi oreja en la puerta, se escuchaba música, escuchaba como de rato en rato cantaba Guillermo. Toque.
-Pasa-
Entre, él estaba acostado en el sofá sin zapatos, con la camisa media abierta hacia afuera, tenía una botella casi vacía a su costado, sujetaba un vaso con su mano derecha y con la izquierda se sobaba la cabeza.
-Guillermo…-
Abrió los ojos.
-Cierra la puerta-
Obedecí. Solo podía mirarlo. Nunca lo había visto así.
-¿Qué haces aquí?-
-Terminaba unas cosas-
-¿Unas cosas? No creo que sean horas para que estés en la oficina-
-Tú tampoco deberías estar aquí y menos así-
-¡Es mi empresa Emma! Puedo estar aquí hasta la hora que quiera y hacer lo que a mí se me dé la gana- grito, mientras se sentaba.
Me quede muda, di un paso atrás, me preparaba para salir corriendo, cuando la música acabó él se puso de pie.
-Perdón Emma-
Estaba un poco pasado de copas, me acerque, me acaricio los brazos con ternura, nos miramos a los ojos, me acercó más a él, me abrazo fuerte, levante la mirada, sus tiernos ojos cafés se volvieron a encontrar con los míos.
Nos besamos, mis manos comenzaron a acariciarlo, sus manos empezaban a desvestirme. Con besos suaves y rápidos le quitaba la camisa, su pecho tan blanco y velludo. Me acostó en el sofá, con una gracia elegante me quito el pantalón, no dejaba de mirarlo. Se acostó a mi costado, con la yema de sus dedos recorría mi cuerpo, de mi boca al tobillo, ida y vuelta, sentía como mi piel despertaba. Le quite el pantalón y se puso encima de mí, mirándonos, besándonos, sintiéndonos, como aquella noche, él en cada rincón de mi cuerpo, sus manos expertas no dejaban de tocar el lugar exacto, lo sentía en mí, tan apasionado. Nuestros sonidos se perdían con cada canción que sonaba.
Era mío y yo era completamente suya...
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