jueves, 26 de febrero de 2015

Un mal juego de ajedrez

Guillermo se encontraba en medio de nosotras, de manera que entre los tres formábamos un triángulo. María tenía la cara pálida como si hubiese visto un fantasma y yo, yo estaba con la frente en alto disfrutando esa escena.

-¿Qué haces aquí? - dijo María.
Guillermo no respondió, solo la miró y se acercó a mí.
-Es mejor que te vayas Emma- me dijo casi como un susurro.

Me quede paralizada ante su reacción – ¿Por qué me llamó y me dijo que lo esperara si me iba a decir eso?– esa pregunta no dejaba de dar vueltas en mi cabeza.

Guillermo se alejó de mí, la miró a María y le abrió la puerta trasera del Audi, ella entró victoriosa, llevando con su mano el cabello hacía atrás para que bailara en el aire mientras entraba al carro. Guillermo volvió a mirarme, asintió con la cabeza y subió al auto. El Audi negro dio retroceso en dirección al camper.

Seguía sin entender lo sucedido, pase de ser la ganadora a ser la perdedora en este mal juego de ajedrez, en donde la reina (María) rodeada de peones logra zafar  y ganar.

Eran casi las siete de la noche cuando por fin llegué a mi departamento, me di una ducha rápida con agua fría para despejar la mente, me miré en el espejo y no me reconocía. Era yo pero, sentía que no lo era.

Me acosté en mi cama, abracé una de las almohadas y me dormí.

Tenía permiso para faltar lo que queda de la semana al trabajo, pero si me quedaba en casa no lograría sacar  la escena de Guillermo subiendo al Audi con María. Sacudo la cabeza bruscamente en un fallido intento de borrar esa imagen. – ¿seguirán en la playa? ¿María habrá dormido con Guillermo anoche? –

Laura me trajo el desayuno a la oficina, y aunque no había comido nada desde anoche no tenía hambre. Me pasé la mañana corrigiendo los textos que Laura me pasaba, ya eran las dos de la tarde cuando tocaron a mi puerta.

-Adelante-
-¿Sra. Valverde?-dijo el joven mensajero.   
-Señorita- afirme con una sonrisa que disimulaba mi mal humor. 
-Disculpe, tengo un paquete para usted-     
- ¡Ah! Sí, claro. Adelante ¿Quién lo envía?-            
-El señor Guzmán-

Esas palabras provocaron en mí un sentimiento agridulce, no entendía el porqué del paquete. Ni siquiera sabía que era, y me daba temor abrirlo. Despedí al joven mensajero cortésmente y deje el paquete en mi escritorio.  Me quede mirándolo varios minutos tratando de adivinar su contenido o la ocasión. No era mi cumpleaños y no veo a Francis hace más de dos meses.

Laura entró a mi oficina sin tocar la puerta.

-¿Está todo bien Señorita?-  
-Si...eh...no...-
-¿Pasa algo con el paquete?-          
-No, nada, creo-        
-¿Ya vio qué es? El chico que lo trajo dijo que era muy importante que usted lo recibiera personalmente-       
-¿Así? No, aun no lo he abierto. La verdad no me gusta mucho el tema de desenvolver cosas- mentí. 
-Ah ya veo-    
-¿Te gustaría abrirlo? -
-¿Cómo? No señorita es de usted-  
-Sí, pero no me entusiasman los regalos. Ábrelo-   
-Está bien-

Laura se veía realmente emocionada por abrir ese paquete, se notaba por el brillo en sus ojos. Creo que ya sé que regalarle por su cumpleaños.

Cuando terminó de sacar el papel de encima se podía apreciar una caja blanca, no tenía nombre, ni marca, ni nada. Le dije a Laura que levantará la tapa, me sonroje cuando vi el contenido, despedí rápidamente a Laura y cerré la puerta con llave.

Saqué el papel de relleno que había encima de la ropa que deje esa mañana en su departamento. Estaba todo: mis pantalones, mi blusa y mi ropa interior, pero había algo más, una nota:

"Encontré esto debajo de mi cama. Me trajo muchos ricos recuerdos. Espero que también tengan ese efecto en ti. Te dejo mi número al reverso. Llámame, me gustaría verte. 
Francis."

¿"Ricos recuerdos"? Yo solo puedo recordar lo asustada que estaba por despertar en una habitación que no conocía y desnuda. Francis sí que sabía ser inoportuno.

Llegué a mi casa con un gruñido en el estómago, después de todo no había comido nada desde anoche. Decidí salir a cenar sola, en estos momentos no hay mejor compañía que yo. Me puse un vestido sencillo, zapatos de taco y me delinee los ojos. 

Manejé sin rumbo por varios minutos, casi una hora, buscando el lugar perfecto para cenar. Doy la vuelta en una esquina y estaba al frente del restaurante en donde Guillermo y yo almorzamos una vez. Estacione el carro y bajé. Este era el lugar perfecto para cenar sola.

Pedí una ensalada de entrada, amo la vinagreta, pollo al horno y un postre.

Para suerte mía me sentaron en la misma mesa en donde Guillermo y yo comimos esa vez. Me sentía sola. Llamé al mesero y le pedí una botella de vino.

Ya estaba en la quinta copa cuando un hombre puso su mano sobre mi hombro, y mi teléfono empezó a sonar. Por un lado estaba Francis y por el otro Guillermo de las Casas.