Caminé por varias noches bajo la lluvia,
con hambre y sola.
Guillermo ya no estaba, no sabía de él
desde esa noche. Pasaba casi diario por las oficinas en auto. Ya no trabajaba
ahí, no podía, no tenía las fuerzas para entrar por las enormes puertas,
dirigirme hacía el ascensor, llegar al piso 8, darle una sonrisa fingida a
María y continuar con la rutina diaria.
Después de casi 3 semanas la revista se
vino abajo (literalmente) cerró. La decisión de abandonar el barco antes de que
se hunda, sin saberlo, fue lo mejor que hice.
Mi vecino de la 503 se mudó, en su lugar
ahora está una mujer mayor que siempre prepara pastelitos y té, el olor de esos
malditos pastelitos recién horneados sube hasta mi departamento tratando de
alegrar el ambiente, de cambiar el aire, sin éxito.
Hace mucho que no duermo en mi cama,
prefiero tirar las sábanas y las almohadas al suelo. La imagen es esta: Un
manto blanco en el suelo 3 o 4 almohadas al rededor, la cafetera conectada a un
lado que nunca se apaga, y yo, en el medio, semi desnuda, con la mirada fija en
el vacío.
Es ridículo lo sé, pero Guillermo despertó
en mí una parte que no conocía y que no pretendía conocer en mucho
tiempo.
-2-
Me mudé. Si, lo hice, empaque todo, todo
lo que era mío, la cama la deje intacta, no toque nada. El sofá de cuero negro
lo cubrí con una sábana blanca. Mire por última vez, suspire y cerré la puerta.
Pisos abajo estaba la señora de la 503 con
una bandeja de sus malditos pastelitos.
-Toma uno- dijo. Era como una pequeña
despedida.
-Gracias- respondí con una media sonrisa
algo ruborizada por la situación.
Luego de acomodar mis cosas en mi nuevo
hogar, terminé en una discoteca miraflorina con Alessa, era un nuevo comienzo,
era el momento de mirar hacia adelante y dejar toda la mierda atrás.
Empezamos con pisco, luego chilcanos y
acabamos con más tragos de nombres raros.
A mitad de la noche Alessa ya había echo
'match' con un chico, a mi me miraba otro, un chico no porsupuesto, tengo un
imán para los hombres mayores y casi siempre no parecen ser tan maduros.
Este hombre, debo admitir, tenía algo de
Guillermo, quizás la barba, los ojos color café, la altura, el olor no lo sé,
pero despertó en mí un sentimiento de lujuria que no experimentaba hace mucho.
Perdí de vista a Alessa, estaba tan concentrada en el movimiento de mi cuerpo
con la música, estaba demasiada concentrada en ese hombre de camisa blanca y
jeans de un color azul o negro la luz no me dejaba verlo bien.
Él permaneció apoyado en la barra con una
cerveza en su mano, mirándome, yo estaba frente a él bailando y mirándolo de
vez en cuando, era como un baile privado, en donde estaba prohibido tocar.
Estaba fuera de la discoteca esperando ver
a Alessa salir de entre la multitud. Sentí una mano rozar mi cintura, me
quedé inmóvil, estaba tan fuera de mi que atiné sólo a voltear para ver quién
era.
El hombre de la camisa blanca me dio un
beso en la cabeza y me abrazó como si supiese que tenía frío... Me olvidé de
Alessa, subimos a un taxi hacía su departamento, en el elevador marco el piso 8
¡maldita sea piso 8! Parecía como un pronóstico pero aún no sabía si era bueno
o malo.
Abrió la puerta, nos dirigimos a la sala,
sacó una colcha y la tendió sobre el sofá más grande. Antes de irse se paró
frente a mi, no podía verlo estaba todo oscuro ni siquiera recuerdo que me
susurró.
Lo
tenía tan cerca, que era como si el aire que salía de mí entrará en él y así
sucesivamente. Nuestras narices chocaron y antes de darme cuenta nos estábamos
besando.
Su lengua entró tan agresivamente en mi boca que sólo pude cogerlo del
cuello y hombros, a pegándolo más y más a mi, queriendo sentir más. Su mano
empezó a rozar mi derrier con caricias suaves y bruscas, paró y dirigió su mano
hacia adelante, a ese triángulo prohibido, sus dedos empezaron a jugar con el,
me perdí en cada movimiento de estas. Acomodé mi cabeza en su hombro y empecé a
besar su cuello con pequeños mordiscos.
-Despacio-
susurró.
Continuó en ese interminable juego. Con su mano libre
cogió la mía y la dirigió hacia su miembro tan duro y caliente. Era tan
inevitable no desear que me poseyera en ese instante.
-Continuamos
mañana- me dijo
Se
apartó, acomodo su ropa y se dirigió a su habitación.
Me
quedé en medio del salón esperando más, creyendo que era una broma, un sueño.
¿Era real? ¿Ese hombre era real?