martes, 15 de abril de 2014

Maldita carta

Guillermo aún dormía cuando por fin desperté, me puse su camisa y fui por dos cafés, no me preocupaba si venia alguien pues es sábado - nadie viene los sábados- dije. Me estire, cubrí a Guillermo con una colcha que tengo siempre en la oficina por si debo amanecerme allí. Nada lo despertaba y aunque estaba feliz por lo que ocurrió anoche, aún tenía la intriga por saber que lo ponía en ese estado, me parecía muy extraño haberlo encontrado pasado de copas en su oficina escuchando a Juan Gabriel mientras hacía los coros.

¿Se acordara de lo que paso anoche? Me senté en su silla, me sentí la dueña, tenía el poder en ese instante. Hasta que Guillermo comenzó a despertarse.

-¿Emma?-
-Hola ¿dormiste bien?-
-Sí, muy bien-

Me lanzó una sonrisa, la computadora estaba prendida así que decidí buscar algo de música para hacer un poco más ameno el ambiente.  Me acerque a él dándole un suave beso en la frente, él me agarro de la cintura, le di su café y volví al escritorio.

-¿Qué hacías tan tarde aquí?

Recordé que anoche me quede porque esperaba la respuesta al mensaje que le envié.

-Ya te dije, tenía que terminar unas cosas-

Mientras Guillermo iba al baño aproveche en entrar en su correo para borrar dicho mensaje. Lo que encontré me dejo boquiabierta, rápidamente borre el mensaje que le envié y apague la computadora. Fui al sofá y trataba de entender lo que había visto,  no podía. Guillermo regresó e intento besarme, lo esquive,  recogí mi ropa y fui a mi oficina a cambiarme. Fue detrás de mí.

-¿Te pasa algo?-

No sabía que decirle. Sabía que si respondía iba a decir alguna tontería.

-¡Emma responde! ¿Qué te pasa?-

Termine de cambiarme, le di de manera brusca su camisa. Salí casi corriendo de la empresa, estaba agitada, me faltaba el aire, no creía lo que acababa de leer.

Guillermo se quedó fuera de mi departamento toda la noche. No pude dormir, tenía mil dudas en el corazón, me quede sentada en una esquina de mi cama con las piernas encogidas, con la mente en blanco, en la oscuridad podía  recordar la noche anterior, las caricias de Guillermo, todo él, todo lo que iba a perder ¿Perder? No estaba tan segura de que fuera mío, no después de ese mensaje.

Nueve de la mañana, Guillermo ya no estaba, decidí salir a correr, a despejar la mente. No pude, cada palabra de esa maldita carta me perseguía:

"Hola mi amor, sé que tienes mucho trabajo no quería interrumpirte, pero si decirte que Flavio y yo te extrañamos mucho, y queremos que ya estés con nosotros aquí. De nuevo agradecerte por esta segunda oportunidad, prometo no fallarte, te haré feliz, me harás feliz, nos haremos felices los tres como una familia. Te amo ya quiero que estés aquí"

¿Mi amor? En qué parte de toda esta historia comenzó ese "mi amor", semanas atrás me decía que ella no era nada, que solo le hablaba por el bebé, que no la soportaba ¿Que está pasando?  Llegue a casa, veinte llamadas perdidas de Guillermo, decidí contestarle, citarlo en el malecón donde nos conocimos, no le dije nada de lo que vi, espere a que él me diga algo; no lo hizo.

Apareció con dos cafés y una rosa, como pidiendo perdón.

-¿A qué se debe la rosa?-
-Siento que he hecho algo malo, te pido perdón si es así-
-¿Sientes?-
-Si, por cómo te fuiste de la oficina esta mañana ¿Qué paso?-
-Nada Guillermo-

Dejó la rosa en mi regazo y me abrazo con tanta fuerza que me olvide, por un instante, de esa maldita carta. Sus brazos grandes y peludos, tomé un poco del café, no le dije nada, él tampoco me dijo nada, no lo haría.

-¿Acabará esto algún día?- pregunte
-Preciosa, lo que tenemos no puede acabar-
-¿Por nada?-
-Por nada princesa, tú y yo; solo nosotros-

“Solo nosotros” si le digo del mensaje ese “nosotros” puede terminar, lo puedo perder, mi cabeza estalló de tantos pensamientos a favor y en contra. Me paré bruscamente, deje el café en la banca, prendí un cigarrillo y caminé sin decirle nada. Me grito.

-¡Otra vez haces lo mismo! ¿Qué te pasa?-

Voltee a mirarlo.

-Te espero en el departamento- le dije, botando el humo y derramando una lágrima.


Sus tiernos ojos cafés se prendieron, como si le hubiera gustado la propuesta. Llegué primero, apague las luces, prendí un par de velas, me puse una de las lencerías que Alessa me había regalado por joda, no tenía motivo ni ocasión para usarlas; esta era perfecta.

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