-Es hora de ir al colegio, pequeño- susurré en su oído.
Han pasado dos años desde que Guillermo se quedó por dos semanas en mi departamento. Flavio ya está por cumplir 6 años, es un niño enorme, tierno y muy inteligente, es idéntico a su papá. Su orgullo, mi orgullo.
Llevamos dos años viviendo como familia. En todo este tiempo no sabemos nada de María, ¡se llevó todo! pero no se llevó lo más importante en la vida para una madre, más pudo su ambición y su maldad.
No pretendo quitarle su derecho de madre, pero si regresase y quisiera llevarse a mi niño, sacaría las garras por él, movería cielo y tierra para que no pasase eso. Un poco egoísta de mi parte lo sé. Flavio se ha vuelto parte muy importante de mi vida, aún sabiendo o creyendo que no tenía instinto maternal ¡Por Dios! No cuidaba ni a mis muñecas y se me murió el pez payaso que me habían regalado de pequeña.
Dos años de preparar loncheras, alistar el uniforme y ayudar en las tareas, es increíble. Dejé el trabajo que tenía en la editorial, me dediqué 100% a Flavio sentía que lo necesitaba mucho, porque aunque tuviera a su padre aún le faltaba su mamá.
Recuerdo los primeros meses: Flavio se sentaba en el balcón con las piernas cruzadas, con su carita apoyada en sus manos, cuando yo pasaba me lanzaba una sonrisa y cuando volteaba suspiraba tan profundamente que se podía escuchar, se podía sentir ese vacío que tenía en su corazón. Me partía el alma cada vez que lo veía sentado en el balcón, como si esperase algo, en esos momentos también esperaba que una mañana María bajara de un taxi y dijera: "hijo, aquí estoy", eso nunca pasó.