miércoles, 17 de diciembre de 2014

Dama alturada

La mujer del cabello castaño ondeando, tenía puestos unos lentes negros de sol, y aunque tuviera una máscara de hierro, podía sentir como sus ojos me miraban fijos, serios, con odio. Un colectivo paró detrás del Audi, quería moverme, algo me detenía –No puede intimidarme de nuevo– pensé

Alcé la mano para parar el colectivo, sin tener idea si iba a donde yo quería ir. Solo quería salir de ese lugar.

-Emma…-

Mi piel se erizó, esa mujer sabía mi nombre.  Baje la mirada, podía verme por el reflejo de sus lentes. Lanzó una sonrisa burlona.

-Hola, Emma- insistió

Disimuladamente le escribía un mensaje a Guillermo para que me ayudase. No lo envíe. Decidí pelear esto sola.

-Hola señora- respondí

Su arrogancia cambió por molestia. Entonces me di cuenta que tenía algo con que sacarla de su imagen de dama alturada.

-Mi marido y la tan peculiar pero común manera de seducir mujeres, traerte al camper ¿qué pasó? ¿No quería gastar en un hotel fino? A mí me llevó a Miami, al mejor hotel debo decir-

Quería insultarla, ganas no me faltaban de mandarla a la ... lejos. Me controle, no podía, no conseguiría volverme loca.

- ¡Ah sí! El hotel en Miami, de eso hablamos la semana pasada en su cama- Podía escuchar como rechinaban sus dientes de rabia - Mientras me enseñaba los papeles de divorcio de hace ya dos años- agregué.

Se quitó los lentes negros de sol y me fulminó con sus ojos azules como el mar. No le quitaba los ojos de encima. Bajó del carro y se paró de manera desafiante. Mi teléfono sonó. Una sonrisa se posó en mi rostro cuando reconocí el tono de llamada, contesté y lo puse en alta voz.

-Guillermo-
-Emma ¿dónde estás?-
-En la carretera, me encontré con una VIEJA amiga- no dejaba de mirarla.
-¿Sigues en la carretera?-
-Sí. Cariño- lancé una sonrisa ganadora
-Voy para allá preciosa-

Colgué. María ya no tenía los ojos como el mar, sus ojos parecían dos desiertos, secos por la rabia de saber que Guillermo me quería a mí, o eso le hacía pensar.

Miré el colectivo y negué con la cabeza. María no se movía de su pose desafiante, parecía una estatua, una delgada y fina estatua. Permanecimos en silencio y sin movernos bajo el inmenso sol, pude darme cuenta de las arrugas que tenía, debe de llevarme unos 20 o 25 años, pero es de esas mujeres que aunque envejecen se ven bien: con toda la ropa de diseñador que llevan encima y los kilos de maquillaje que tapan más arrugas de las que se pueden ver, tacos altos y cabello bien teñido.

Yo me contento con llevar puestas unas zapatillas,  un short y un polo, a veces ni me peino - ¿será por esa sencillez que le gusto a Guillermo? O solo por ser más joven que ella...- miles de incógnitas paseaban por mi cabeza sin tener respuesta a alguna de ellas.

Miré el reloj, habían pasado ya cinco minutos desde que llamó Guillermo, si el sexo me había hecho bajar 5 kilos, estando parada baje 10 y saqué piernas. Podía ver la silueta de Guillermo a lo lejos. Mi corazón palpitaba tan fuerte que parecía salirse de mi pecho.

-¡Emma!- gritó Guillermo

María abrió los ojos de impresión, yo sonreía victoriosa, había ganado esta batalla.

1 comentario:

  1. No se dejo intimidar, bien Emma. Aunque me quedo con ganas de leer mas...

    ResponderEliminar