La
mujer del cabello castaño ondeando, tenía puestos unos lentes negros de sol, y
aunque tuviera una máscara de hierro, podía sentir como sus ojos me miraban
fijos, serios, con odio. Un colectivo paró detrás del Audi, quería moverme,
algo me detenía –No puede intimidarme de nuevo– pensé
Alcé
la mano para parar el colectivo, sin tener idea si iba a donde yo quería ir. Solo
quería salir de ese lugar.
-Emma…-
Mi
piel se erizó, esa mujer sabía mi nombre.
Baje la mirada, podía verme por el reflejo de sus lentes. Lanzó una
sonrisa burlona.
-Hola,
Emma- insistió
Disimuladamente
le escribía un mensaje a Guillermo para que me ayudase. No lo envíe. Decidí
pelear esto sola.
-Hola
señora- respondí
Su
arrogancia cambió por molestia. Entonces me di cuenta que tenía algo con que
sacarla de su imagen de dama alturada.
-Mi
marido y la tan peculiar pero común manera de seducir mujeres, traerte al
camper ¿qué pasó? ¿No quería gastar en un hotel fino? A mí me llevó a Miami, al
mejor hotel debo decir-
Quería
insultarla, ganas no me faltaban de mandarla a la ... lejos. Me controle, no
podía, no conseguiría volverme loca.
-
¡Ah sí! El hotel en Miami, de eso hablamos la semana pasada en su cama- Podía
escuchar como rechinaban sus dientes de rabia - Mientras me enseñaba los
papeles de divorcio de hace ya dos años- agregué.
Se
quitó los lentes negros de sol y me fulminó con sus ojos azules como el mar. No
le quitaba los ojos de encima. Bajó del carro y se paró de manera desafiante.
Mi teléfono sonó. Una sonrisa se posó en mi rostro cuando reconocí el tono de
llamada, contesté y lo puse en alta voz.
-Guillermo-
-Emma
¿dónde estás?-
-En
la carretera, me encontré con una VIEJA amiga- no dejaba de mirarla.
-¿Sigues
en la carretera?-
-Sí.
Cariño- lancé una sonrisa ganadora
-Voy
para allá preciosa-
Colgué.
María ya no tenía los ojos como el mar, sus ojos parecían dos desiertos, secos
por la rabia de saber que Guillermo me quería a mí, o eso le hacía pensar.
Miré
el colectivo y negué con la cabeza. María no se movía de su pose desafiante,
parecía una estatua, una delgada y fina estatua. Permanecimos en silencio y sin
movernos bajo el inmenso sol, pude darme cuenta de las arrugas que tenía, debe
de llevarme unos 20 o 25 años, pero es de esas mujeres que aunque envejecen se
ven bien: con toda la ropa de diseñador que llevan encima y los kilos de
maquillaje que tapan más arrugas de las que se pueden ver, tacos altos y
cabello bien teñido.
Yo
me contento con llevar puestas unas zapatillas,
un short y un polo, a veces ni me peino - ¿será por esa sencillez que le
gusto a Guillermo? O solo por ser más joven que ella...- miles de incógnitas
paseaban por mi cabeza sin tener respuesta a alguna de ellas.
Miré
el reloj, habían pasado ya cinco minutos desde que llamó Guillermo, si el sexo
me había hecho bajar 5 kilos, estando parada baje 10 y saqué piernas. Podía ver
la silueta de Guillermo a lo lejos. Mi corazón palpitaba tan fuerte que parecía
salirse de mi pecho.
-¡Emma!-
gritó Guillermo
María
abrió los ojos de impresión, yo sonreía victoriosa, había ganado esta batalla.
No se dejo intimidar, bien Emma. Aunque me quedo con ganas de leer mas...
ResponderEliminar